PARTE 2
—¿Papá… qué está pasando?
La voz de Brandon ya no sonaba arrogante.
Sonaba… confundida.
—Hay gente en la casa —dijo—. Unos hombres están cambiando la cerradura.
No respondí de inmediato.
Miré por la ventana de mi oficina, tranquilo.
Había esperado este momento más de lo que quería admitir.
—No son “unos hombres” —le dije finalmente—.
Son los nuevos propietarios.
Silencio.
Un silencio pesado.
De esos que dicen más que cualquier palabra.
—¿De qué hablas? —su voz subió de tono—. ¡Esta es mi casa!
Respiré hondo.
—No, Brandon. Nunca lo fue.
Podía imaginar su cara en ese instante.
La incredulidad.
La rabia.
—La casa está a nombre de Redwood Capital —continué—.
Y yo soy el único dueño.
—Eso es imposible… tú dijiste que era mía…
—Te dejé vivir ahí —lo corregí—.
No es lo mismo.
Escuché ruido al fondo.
La voz de Amber, alterada.
Puertas abriéndose.
Pasos apresurados.
Por primera vez… caos en su mundo perfecto.
—No puedes hacer esto —dijo él—. ¡Tengo todas mis cosas ahí!
—Y tendrás tiempo para recogerlas —respondí con calma—.
Como cualquier inquilino.
Otra pausa.
Pero esta vez no era silencio.
Era realidad cayendo sobre él.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó, más bajo.
Y ahí… llegó el momento.
—Porque ayer dejaste de ser mi hijo —dije sin levantar la voz—.
Y te convertiste en alguien que levanta la mano contra su padre.